No, no me llamo como los rinconesni crean que mi lágrima es antigua.Sucede que en algunas ocasionesdesolación de muerte me averiguay yo qué voy a hacer, hago su modo,me pongo su manera y eso es todo.—Cansa, pero no estoy amontonada.Sólo que hasta curar el maleficiolos ojos se me van de la miraday desvivir es mi secreto oficio.De hastío y simulacro me corono,piso el amor, trabajo el abandono.—Les pido por favor que no me quejo,pero eso sí: vería con agradoque alguien reconociera en un espejomi ser a duras penas dibujado.Que alguien compadecido no sé dóndesintiera que mi voz le corresponde.—Yo le paso a la gente, le sucedoal tiempo y el espacio me improvisa.Entre tinta y papel me tiene el miedo,el fuego me amenaza con ceniza.Y a veces no me sirvo para nada,como una primavera serruchada.—Cuando la eternidad parece tanta,qué puede hacer un corazón solito.Escribe sombras, para adentro cantaun silencioso grito manuscrito,y armas de torpe cazador estrenapara buscar arrimo en alma ajena.—Esto es unánime porque me pasa,soledad que en ustedes se perdona.Esto que en tantos ánimos fracasada la casualidad que es mi persona.Por eso y por amor sólo les pidoque no me olviden cuando más olvido.
—
María Elena Walsh
de Hecho a mano (1970)

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