Los montotos son seres temerarios, fantasmales y monstruosos que habitan en las casas abandonadas de Bahía Blanca y zonas aledañas. Dicen los que saben que el montoto originario vino a parar a estos lares junto a la primera familia de inmigrantes transilvanenses. Pero hay quien cuenta que nació en Villa Mitre, durante una noche de truco cuando todos, cansados de mentir a los demás, empezaron a mentirse a sí mismos. Y que fue entonces cuando adquirió entidad y aura propia, escapando hacia la oscuridad de los terrenos baldíos y de las almas acongojadas. Sin embargo, investigaciones recientes desmienten esta última versión argumentando que se trata de una falacia ya que los hombres siempre se han macaneado a sí mismos y que esta actitud sólo ha dado lugar a la mitomanía desde tiempos inmemoriales.
Montoto es su denominación habitual. En sectores periféricos se lo suele llamar Chupalegrín. En el microcentro bahiense responde, cuando quiere, al nombre de Tito.
Nadie puede describir con exactitud a estos seres. Algunos dicen que son muy parecidos a los mogwais cantoneses devenidos en gremlins joedanteanos pero otros aseguran que adquieren formas disímiles de acuerdo al estado de nutrición, humor, nivel de alcohol en la sangre, cantidad de canas o calidad de tintura que tenga el infeliz elegido al momento del ataque. Sin embargo, las formas de pequeño reptil bípedo de ojos rasgados y de cucaracha risueña con ocho antenas mantienen los dos primeros puestos en el ranking de las encuestas.
Se nutren, en especial, de la tristeza de humanos solitarios. En las noches de media luna abandonan sus escondrijos e invaden sitios donde reinan el pedo triste, la catarsis, el llanto consecuente, la baja autoestima y la personalidad múltiple. En las siestas de enero se acuestan junto a mujeres que han sido abandonadas recientemente y susurran con crueldad los piropos más soeces.
El montoto ataca solo y de improviso. Cuando la víctima lo ve, abre la boca y desorbita sus ojos tratando de gritar, usualmente, ¡uy, un monstruo! Es ahí que aprovecha el ente para besarla e introducir por su boca un vestigio infinitesimal de su alma que viene a ser, por supuesto, un todo de la misma. Luego se aleja raudo y se esconde en su guarida por un tiempo, ya que después de cada posesión efectiva le nacen como veinte montotitos a los que cuida con todo primor.
Síntomas habituales que permiten diagnosticar una posesión montota:
Olvidos recurrentes, potenciación del ánimo original de la víctima: alegría inusitada, profunda melancolía, terquedad irrenunciable, egoísmo desproporcionado son algunos de los síntomas típicos de posesión. Cuando son reiteradas generan exacerbación del sentido estético, abuso de la adjetivación, bizarrismo y escritura poética imperdonable.
Quien ha sido poseído por un montoto no vuelve a ser el mismo. Los exorcismos habituales logran echarlo del cuerpo del poseso pero no quitan las secuelas inevitables que este bicho repugnante deja: tendencia a la megalomanía, delirio de persecución, pasión irresistible y desbordante por las galletitas de agua, verborragia insoportable o mudez súbita.
Recomedaciones para lidiar con un montoto:
Es difícil espantarlos. Una vez que hacen posta se instalan en los lugares más insospechados: cajones de recuerdos, fotos, tarjetitas de cumpleaños, chats con desconocidos, tapices guajiros, paquetes vencidos de arroz integral, etc.
Es conveniente curar los rincones donde duermen y se agazapan, listos como pulgas para saltar sobre su próxima víctima. Quemar sándalo, incienso y mirra en partes iguales no sirve de mucho. Si se agrega a la pócima humeante de un puchero vegetariano unos cabitos de perejil, dorados a la luz de veintitrés velitas azules, el resultado es más efectivo. Es necesario colar el puchero y enfriar el caldo en un recipiente de acero inoxidable. Cuando el líquido está a temperatura ambiente se lo debe verter en un frasco de vidrio con pico rociador y guardar en el botiquín del baño durante diez días y quince noches. Una vez finalizado el período de asentamiento del brebaje, éste se rocía en las áreas contaminadas con barbijo puesto y actitud optimista, al grito de ¡mandate a mudar, bicho de mierda! De cualquier manera, a no ilusionarse. Un montoto se debilita por unas horas, huye en busca de otro escondrijo pero nunca ha de morir. Nunca ha de morir.
Dicen los que saben que la única forma de eliminarlos para siempre consiste en aniquilar al primero que irrumpió en estas pampas, ése que vino con los transilvanenses. Pero ni los que dicen saber saben, en realidad, qué se ha de hacer una vez que pueda ser capturado. Confían, como suelen hacerlo tantos hombres de cómoda voluntad, en la llegada de un salvador. Un caballero andante, ocurrente, el iluminado del siglo, que sepa apresar al bicho en cuestión, reventarlo como corresponde y así descangallar a toda su descendencia, que se hará polvo en un santiamén, supuestamente.
Esperemos sentados, porque dicen por ahí que todavía no nació el redentor corajudo. Mientras tanto, no queda otra que lidiar con los montotos y refrenar un poco nuestra vocación por la tristeza, importante alimento de estos seres malditos.
Elena Bonora
(2009)
(2009)

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